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Singular viajero del tiempo, Antonio Luquín crea con virtuosismo hiperrealista paisajes en los que aparecen zepelines, naves oxidadas, aviones de tecnologías pretéritas. Las construcciones están en ruinas y en torno a ellas crece la maleza. En esa tierra baldía ya todo sucedió. Empujados por el viento, aparecen mapamundis, modelos a escala de lo que se ha acabado. Nos encontramos más allá del apocalipsis, pero en forma perturbadora advertimos huellas del presente. El pintor imagina el futuro que seremos.


Un cuadro muestra un barco encallado. Este emblema de la soledad se refuerza con las maletas que aparecen en primer plano. ¿Dónde está la gente que perdió su equipaje? En otra escena, un avión arroja libros que no parecen tener destinatario.


En estas fábulas del abandono, los edificios son captados con inquietante exactitud. Los conocemos porque existen en nuestro presente. Ahí están los muros de la ciudad, la fuente en una glorieta de Mixcoac, la torres, ya vacías, de lo que hoy llamamos “progreso”. El artista otorga nuevo sentido al entorno urbano. En su tiempo sin tiempo, varias épocas se cruzan. El reloj se ha detenido: los parajes yermos son cementerios de aeroplanos de principios del siglo XX y los rascacielos de la posmodernidad lucen igualmente antiguos.


Los lienzos de Luquín cautivan por la exactitud del trazo y la belleza onírica de la composición, pero también porque son actos de resistencia. El pintor logra un hechizo: registra y niega el deterioro. La tecnología ha fracasado, pero los árboles siguen en pie. Incesante, la naturaleza prosigue su trabajo. El hecho de que eso pueda ser retratado demuestra que no todo es devastación. Aún quedan testigos.


¿Qué papel juega el espectador? Antonio Luquín compromete nuestra mirada; nos convierte en insólitos sobrevivientes de una tierra que parecía perdida y reclama una respuesta.

Las plantas crecen en silencio, esperando que hagamos algo.